Revista Cuatrimestral “Conecta Libertad” Recibido (Received): 2020/01/08
Vol 4, Núm 1 pp 1-10 Aceptado (Acepted): 2020/02/28
ISSN 2661-6904
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Introducción
La Insuficiencia Renal Crónica (IRC) constituye un problema de salud pública a nivel
mundial, debido a su creciente incidencia en la población y el alto impacto que tiene en los
pacientes, sus familiares y los sistemas de salud (Ángel, Duque y Tovar, 2016). En Ecuador,
es una de las 10 principales causas de mortalidad, pues se estima que 1.500.000 personas
sufren algún grado de IRC, cifra que sigue en aumento desde 2010 (Ministerio de Salud
Pública [MSP], 2018).
Los principales tratamientos para la IRC son la diálisis peritoneal y la hemodiálisis. La
primera puede llevarse a cabo de manera ambulatoria, mientras que la segunda requiere que
los pacientes se conecten a una máquina durante varias horas de manera periódica. En ambos
casos, se trata de intervenciones que interfieren en el funcionamiento físico y el desempeño
de las actividades diarias de los pacientes (Galache, 2004; Castro-Serralde y Cadena-
Antonio, 2017; Gómez, Gómez, Castro y Tasipanta, 2018).
Se estima que, en Ecuador, entre 10.000 y 12.000 pacientes reciben hemodiálisis en
centros de salud públicos y privados (Sociedad Ecuatoriana de Nefrología, 2015; MSP,
2015), lo que demuestra la importancia de realizar estudios que permitan identificar
fortalezas y oportunidades de mejora en la atención de enfermería que reciben estos usuarios.
Los profesionales de enfermería son el primer contacto de los pacientes con IRC que
acuden a los servicios de salud, por lo que sus cuidados deben abordar tanto los diagnósticos
de enfermería, como el autocuidado, apoyo emocional y educación en salud a los pacientes
y sus familiares (Rosales, Díaz, Molina y Chávez, 2016). Por este motivo, el tratamiento de
la IRC requiere una atención que vaya más allá de la ejecución de técnicas y procedimientos,
que esté basada en una relación que responda con sensibilidad frente a las necesidades de los
pacientes y promueve su bienestar físico y emocional (Rodríguez y Lappann, 2009).
A su vez, Ángel et al. (2016) proponen que el cuidado de los pacientes con IRC demanda
del profesional de enfermería una adecuada integración de conocimientos y actitudes
profesionales, para lograr un impacto positivo en la vida de los usuarios y mantener el
verdadero sentido de la profesión, que es el cuidado humano.
En relación con lo anterior, Watson (1979), autora de la Teoría del Cuidado Humanizado,
plantea que el cuidado es la esencia de la práctica de enfermería y que la empatía, la
comprensión e intencionalidad son factores fundamentales para que los profesionales de
enfermería y sus pacientes formen un vínculo humano que trascienda la medicalización y el
control terapéutico. En este contexto, aunque se produzca o no la curación, se brinda un
cuidado humanizado que se caracteriza por velar siempre por la dignidad humana (Olivé-
Ferrer e Isla-Pera, 2015).
Watson alertó una posible deshumanización del cuidado debido a los cambios
estructurales y tecnológicos, por lo que pone el énfasis de su teoría en los aspectos humanos,
espirituales y transpersonales por parte del profesional de enfermería (Monje, Miranda,
Oyarzün, Seguel y Flores, 2018).
Sus planteamientos han tenido gran impacto y aceptación en la práctica, formación e
investigación en enfermería, y se utilizan en países como Australia, Suecia, Finlandia y
Canadá para mejorar la atención de pacientes crónicos, familiares y cuidadores (Zavala-
Pérez, Hernández-Corrales, Olea-Gutiérrez, y Valle-Solís, 2014).
En el contexto latinoamericano, en los últimos años se ha estudiado la percepción de
cuidado humanizado ofrecido por profesionales de enfermería hospitales de tercer y cuarto
nivel (Bautista-Rodríguez et al., 2015), en servicios de medicina (Monje et al., 2018;