Revista Cuatrimestral “Conecta Libertad” Recibido (Received): 2018/07/15
Vol. 2, Núm. 3, pp. 13-23 Aceptado (Acepted): 2018/10/28
ISSN 2661-6904
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momento estaría sujeto a enfermedades como lepra, sífilis, úlceras (Delaney, 1988).
Otro paradigma de esto se encuentra en el estudio realizado en Nueva Guinea a la cultura
Baruya, donde las jóvenes que tenía su primera menstruación eran recluidas en una cabaña
durante tres o cuatro días, privándoles de sus necesidades básicas (Lucas, 2009), y si llegaran
a desobedecer, las mujeres adultas las golpean recordándoles la dominación masculina,
afirma el autor. Por último, en la Grecia clásica, para Hipócrates y sus seguidores, la histeria
tenía relación con el útero errante, en la que este órgano se desplazaba por el interior del
organismo y producía esta enfermedad, encontrándose una cura poco apetecible para las
mujeres. Según el médico romano Areteo de Capadocia “El útero se deleita con los olores
fragantes y avanza hacia ellos, tiene una aversión a los olores fétidos y huye de ellos” (Ramos,
2016), basándose la cura de esto en la aromaterapia, con la aplicación de olores agradables
en la vagina para que el útero bajara y se quedara en su posición habitual.
En este contexto, Kaplan (1977), define el deseo como las sensaciones o motivaciones
que motivan a un individuo a responder frente a un estímulo sexual, lo que involucra a su vez
la influencia de factores biológicos o pensamientos y estimulación externa a través de la vista,
es una motivación más de igual importancia que la excitación, orgasmo, meseta y resolución
que el tradicional modelo de Masters y Johnson.
Asimismo, uno de los primeros autores en la época moderna del desarrollo de la sexología
clínica, describe el deseo sexual como una dimensión diferente de la excitación y el orgasmo.
Fue Lief (1977), quien define: “El deseo sexual es un aspecto de la vida humana,
extraordinariamente complicado, y requiere una aproximación multifactorial para su
comprensión”. Es de interés precisar que “El deseo es una experiencia que debía ser
contemplada desde una perspectiva triple; afectiva, cognitiva y biofisiológica, debiendo ser
visto como un concepto referido a la experiencia” (Bancrof, 1988).
Dentro de la complejidad, se presenta un modelo tridimensional, con tres ejes, la
intensidad del deseo, el nivel de excitación y el tiempo (Schnarch, 1991). En este mismo
orden de ideas, el deseo sexual tendría tres componentes: 1) el deseo sexual es lo que precede
y acompaña a la excitación, 2) la tendencia psicobiológica a buscar satisfacción sexual y 3)
es la energía que conduce al comportamiento sexual.
Levine (1987), afirma que el deseo sexual integra tres elementos: El impulso, que es una
acción que es manifestada a través de acciones específicas en la activación sexual, el anhelo
como una representación independiente del impulso, que sería el deseo de desear y el motivo
siendo este el más complejo de los componentes, es la disposición hacia la actividad sexual
inducida por el impulso, que está condicionado por la identidad de género, la calidad de
relaciones sexuales , no sexuales y transferencia de vínculos del pasado.
El deseo sexual sería algo más complicado, con tres dimensiones: el deseo de la descarga
de la tensión sexual, es la dimensión más sensible a la fisiología humana en el que la
dopamina y los andrógenos son los mediadores químicos que conforman el principio básico
del deseo sexual humano, el deseo de ser deseados fundamentada en la necesidad de
autoafirmarnos en los demás, muy arraigados en las mujeres y hombres y, por último, el
deseo del encuentro mutuo es el deseo de estar en sincronía, de comunicarnos con la otra
persona, de fundirnos, muy presente y no lo tenemos en cuenta, una intensa sed de piel desde
que nacemos hasta que morimos (Lucas, 2009).
Al indagar sobre el estado de este tema en el mundo, se destaca un estudio realizado sobre
la Valoración del Deseo Sexual, en pacientes con baja por accidentes laborales, aplicado a
una población conformada por 71,6 % hombres y 28,4 % mujeres, refiere que el nivel de